Mi nieto Javier me pidió escribiera algo en relación a cómo eran las Navidades en mis tiempos de adolescente, a solicitud de una profesora de su colegio. Ahí va:
Desde principios de Diciembre, los bichillos de todas las familias esperan las Pascuas como agüita de Mayo. Es la época en que no faltan las golosinas en las casas, aunque no sean sobranceras.
El bienmesabe, los polvorones, el cachito de turrón, los dulcitos de la casa, las truchas de batata, que con tanto amor fabrican las madres, y, quien puede, los pasteles de carne que hace la dulcería La Granadina, que estaba allí en la calle Cano, esquina con Villavicencio, hacen posible que los chiquillos no paren de mover las herramientas de la mañana a la noche, por mucho que las madres les digan que no picoteen tanto porque se les pican las muelas.
El poco azúcar mensual que le corresponde a cada familia con la cartilla de racionamiento se guarda pa fabricar los dulcitos, así que ese mes el café o la leche se toman amarguitos o se endulzan con rapaduras de azúcar de La Palma machacadas, si es que se consiguen, o comprando azúcar de estraperlo, que lo hacen pocas familias, porque no hay perras.
Las familias suelen tener en las azoteas de las casas su gallinero con algunas gallinitas y el correspondiente gallo. Cuando una gallina se pone clueca se la separa del resto y va a parar a un gallinerillo chico, donde se le prepara el nido y se le pone una docena de huevos a incubar. Luego, a los pollitos machos se les va dando el mochazo a medida que crecen, pero siempre se engorda a uno, que va al caldero en Pascuas. Las pollitas crecen, y a poner huevos, o se venden a alguna vecina. Lo cierto es que los huevos pa fabricar los dulcitos no faltan, ni falta el tradicional pollo en la mesa
Estos animalitos son alimentados habitualmente con jinojos o colinos, que se hierven en el caldero, y se escaldan con afrecho, y que no falte la ración de millo. Así, los pollos saben a pollo y los huevos saben a huevo.
En Pascuas las madres bajan el pollo al patio, lo trincan por el cogote y con la misma le meten un viaje de vueltas, como un molinillo, hasta que lo esnuncan. Entonces lo tiran al suelo, donde el animalito sacude alas y patas durante un ratito, porque tiene la sangre aún caliente, hasta que se queda tieso. Luego, pollo al caldero con agua hirviendo, que facilita el desplume. Después, se despluma, se abre, tripas a la basura y se sacan el corazón, los riñones, los huevillos y el hígado.
El cuerpo del animal se despieza: Perniles, cogote, alas, pechuga, etc. Todo eso, más un hueso de vaca, con su carne de hilachas, agua, sal, garbanzas de Guatiza (Lanzarote), que son las mejores, alguna verdurita y las correspondientes prevenciones, va todo junto al caldero p’hacer el caldo de la sopa.
Pa no cansar contando el trapisondeo de la cocina, en la mesa se pone la sopita con sus fideos y su matita de hierba huerto, los perniles—que siempre son p’al padre de familia— y otros cachos del pollo, terminando con la correspondiente ropa vieja, que si alguien no sabe hacerla que me lo pregunte.
El padre y los galletones mojan todo esto con un par de roncitos de Cuba, seguidos de vino tinto de El Monte. La madre, las galletonas y los niños, con gaseosa o agua agria.
Terminada la cena, todo el personal va a la misa del gallo en la parroquia del barrio, que empieza a las 12 en punto de la noche y, al terminar, los padres, las muchachas y los niños, pa casa. Los muchachos, a reunirse con los amigos, guitarras y timple a cuestas, y a llevar serenatas a las muchachitas de los enamorados. Eso se veía por toda la ciudad. Dicho sea de paso, algún padre abría la ventana pa invitar a los trovadores a unos macanazos de ron. Terminadas las serenatas, todo el personal a dormir con el buchito lleno.
Al siguiente día, Navidad, el almuerzo se hacía con las sobras de la noche anterior, que pa eso era comida de cristianos. Los que le habían atacado al ron en la Nochebuena se mandaban su tacita de caldo calentito, según se bajaban de la cama, que es mano de santo, pa poder agarrar tino.
En Noche Vieja y Año Nuevo la fiesta era similar, con la diferencia de que todas las campanas de la ciudad se oían con la llegada del nuevo año, los pocos coches que había formaban la gran escandalera dando bocinazos, el cielo se llenaba de voladores y había bastante más gente en las calles con las guitarras, los timples y las botellas, cantando felices, sin líos, ni peleas, ni llenando las calles de basura. Ya cerquita del alba, a la churrería de la Plaza del Mercado a calentar las barriguitas con el chocolate o café con leche y los correspondientes churritos. Después, a dormir.
No quiero dejarme en el buche otro detalle curioso: No existían ni Papá Noel ni las doce uvas, ni el árbol de Navidad. Lo que sí se hacía en las casas era el nacimiento. Las figuras navideñas se hacían con barro, que luego se pintaban. Las del alpendre y los Reyes Magos se compraban en la librería Alzola, allí en la calle de la Peregrina, que se guardaban como oro en paño pa los años siguientes.
Para representar el territorio de los alrededores del alpendre se ponían piedras en el suelo, buscando un juego de niveles, luego se ponían encima varias capas de papeles de periódicos viejos, bien ajustados a las piedras, que se cubrían con una ligera mano de almidón. Al secarse, el papel se separaba de las piedras y se pintaba de color canelo. Para simular la flora se ponía alpiste en un plato con agua, que al germinar y crecer parecía un bosquito, que se incrustaba en la tierra simulada, de forma que no se viera el plato. ¡Aquello era una maravilla!
miércoles, 17 de diciembre de 2008
viernes, 3 de octubre de 2008
sábado, 22 de diciembre de 2007
De mi libro «La Jarca» (segmento del capítulo “Hablando inglés”)
─Y a usté, Lucas, ¿cómo le fue lo del idioma? Es que, como usté sabe, yo trabajo en los barcos y champurreo un poquillo el inglés─dijo Pepito el Portuario.
─Primero y principal, D. Manuel Lorenzo Reina, el de la academia, me enseñó a pronunciar correctamente lo que pude aprender en tan poco tiempo. Pero aquellos ingleses no me entendían ni papa. Por ejemplo, íbamos a ir en el metro a un sitio que se escribe Tottenham Court Road y se pronuncia “Totenjam Coart Roud”, resulta que el jodío que despachaba los tiques no me entendía y se lo tenía que escribir. Lo mismo ocurría si queríamos ir, por ejemplo, a Oxford Circus, que se pronuncia “Oxfor Cercas”. Y menos mal que un día me encontré en el metro a un muchacho de Telde que yo conozco, que se llama Antonio Enrique, y que está allí en Londres trabajando pa los Boní. Le conté los problemas que yo tenía con la pronunciación y me dijo que los ingleses hablan cada vez peor y no les da la gana de oír hablar correctamente. No te escuchan y se quedan tan frescos. ¿Y saben ustedes lo que me dijo? Que cuando fuera a comprar los tiques en las estaciones de metro pa ir a los sitios que antes les conté, en vez de decir “Totenjam Coart Roud” dijera “tómatela con ron”, y en vez de decir “Oxfor Cercas”, le soltara “gofio seco”. ¡Chacho, chacho, chacho, no fallaba nunca!
De mi libro «La Jarca» (segmento del capítulo "El velorio")
En el centro de la habitación estaban el cajón, los candeleros y Gregorito. Cubriendo las cuatro paredes había un viaje de mujeres sentadas en sillas de la casa y de las casas de los vecinos, rosario en mano, reza que te reza, suspiros por aquí, jipíos por allí, y Sulpicio, la viuda, metida en un baño de lágrimas y casi bebiéndose los mocos, que no paraba. Así que Lucas se va derechito a ella, que estaba sentada en una silla al pié de la cabecera del cajón.
De mi libro «La Jarca» (capítulo 10)
Canturriando
Iba Chanito Bocaplato un sábado por la tarde, casi oscureciendo, con una chispa encima que ni pa Dios, dando bandazos de un lado a otro de la calle, allí por el Callejón de Los Majoreros p’abajo, cuando va y se topa de frente con Lucas, que venía del trabajo, quien, al verlo así, va y le dice:
— ¿Está pidiendo práctico, Chanito? Porque a este paso no atraca en su casa ni a la de tres.
Y Chanito, agarrando tino y con una mirada tristona de perro viejo que daba hasta pena, le suelta:
—Mire, Lucas, déjese de coñas que yo no soy ni el Viera y Clavijo ni el Qüin Mery. Si me alcanza a mi casa se lo agradezco.
—Aquí tiene un amigo, ¿oyó? Pero pa mí que cuando llegue a su casa va a alcanzar pa tabaco. ¡Como si yo no conociera a su mujer!
Lucas agarra y calza por el hombre, que se le quedó colgado al totizo y, con la misma, en medio de la chispa, Chanito que levanta el gallo y pega a cantar habaneras, al tiempo que caminaban.
Al ratito atina a pasar por allí D. José el Pinisular, y cuando ve aquel espectáculo va y suelta por aquella boca, queriendo armar la coña:
—Lucas, ¿Chanito va en do bemol?
—No, coño, va en mí sostenido, ¿no lo ve?
viernes, 21 de diciembre de 2007
REQUIEM
Lo que ahora quiero decir a todos mis amigos y a mis queridísimas amigas hubiese deseado hacerlo en verso, pero mi numen está algo bloqueado, y prueba de ello es que, a sabiendas de que me sería difícil improvisar con el verbo, lo he hecho escribiendo, aunque en prosa.
Mis palabras son consecuencia de un triste recuerdo. Las desgrano in memoriam de quien nos ha dejado no ha mucho tiempo y, por tanto, no está físicamente entre nosotros en esta bella noche. Pero su silla sí está. Hela ahí. Y si está su silla, es la prueba clara de que su espíritu también nos acompaña, como él hubiese deseado, en esta noche navideña.
No puedo olvidar, y ustedes tampoco, que cuando él llegaba al campo de vuelo nos sentíamos muy felices con su presencia. Era poco hablador, pero sus expresiones las captábamos siempre a través de su mirada limpia y sincera, que irradiaba felicidad, de la que, en verdad, nos contagiaba.
No practicaba el vuelo, pero no estaba quieto ni un instante. Disfrutaba mucho acercándose a los aviones. Casi todos nosotros hemos padecido de un corte en nuestras carnes, a consecuencia de las hélices, y hasta él también sufrió, al menos que yo recuerde, una buena herida, consecuencia de lo mismo.
Como sabemos, era alguien que habitualmente no fumaba ni tomaba alcohol. Siempre agua. Lo que sí le encantaba era comer, participando de nuestros asaderos con buen apetito.
Pero en todas partes guisan o cuecen habas. Con ello quiero decir que en todas partes hay gente que disfruta algunas veces haciendo mataperrerías. Pues bien, un tiempo antes de su óbito, Germán, Norberto y yo decidimos que nuestro amigo tomara alcohol y observar su comportamiento después de la bebida. Fue con motivo de un asadero que hicimos en el campo de vuelo, donde había sardinas, chuletas, chorizos, etc. Elegimos para él unas sardinas con bastante sal. Lo mismo hicimos con la carne. Pero ambas cosas las mojamos, como Dios manda, en ron. Su paladar no captó bien el alcohol, debido a la tanta sal. A los pocos minutos le tambaleaban las piernas al moverse. Finalmente, terminó tumbado por la media borrachera que alcanzó, sin enterarse de que había tomado alcohol.
Esta mataperrería se la contamos sólo a muy pocos amigos de los que allí estaban. Entre otros, a Domingo Navarro, quien, al retirarse para su casa, miró al tumbado y le dijo
— ¡Échate la arrancadilla!
Después de contar esta anécdota, que permaneció siempre en el silencio, quiero pedir disculpas a la familia, en mi nombre y en el de Germán y Norberto.
Hoy nos llegan, como ya dije antes, rasgos de tristeza por la pérdida de nuestro amigo. Pero también una gran alegría porque estamos seguros de que él se hallará sentado a la derecha del Señor, allá en las alturas, sobre todo porque, además de ser un honesto poblador de este planeta, murió virgen.
Levantemos la copa y cantemos todos un hermoso y cálido réquiem in memoriam de nuestro querido, fraterno y entrañable amigo, que dice así:
¡Tao, Tao, Tao!
¡Tao, Taito, Tao, eh!
¡Eh, eh, eh!
¡Tao, Taito, Tao, eh!
Oscar Gutiérrez Ojeda, 15 DIC 07
NOTA POST SCRIPT.- Para quien no lo sepa, este discursito lo leyó el autor durante la cena navideña del Club de Aeromodelismo R/C Gran Canaria. Y para quien tampoco lo sepa, Tao era el perro del avionero Manolo Bermejo. Según oíamos a su dueño, el pobre Tao no tuvo nunca ocasión de subirse encima de una perrita. Al terminar la lectura, Pinito, la mujer de Manolo, lloró como una tora, recordando a su Taito. Otra cosa: Mientras se leía este “epitafio”, las mujeres de los avioneros les preguntaban a éstos que quién se había muerto. Los avioneros no sabían qué contestar. Luego, cuando se oyó el canto del réquiem, el personal estuvo riéndose sin parar lo mucho y lo bueno.
Mis palabras son consecuencia de un triste recuerdo. Las desgrano in memoriam de quien nos ha dejado no ha mucho tiempo y, por tanto, no está físicamente entre nosotros en esta bella noche. Pero su silla sí está. Hela ahí. Y si está su silla, es la prueba clara de que su espíritu también nos acompaña, como él hubiese deseado, en esta noche navideña.
No puedo olvidar, y ustedes tampoco, que cuando él llegaba al campo de vuelo nos sentíamos muy felices con su presencia. Era poco hablador, pero sus expresiones las captábamos siempre a través de su mirada limpia y sincera, que irradiaba felicidad, de la que, en verdad, nos contagiaba.
No practicaba el vuelo, pero no estaba quieto ni un instante. Disfrutaba mucho acercándose a los aviones. Casi todos nosotros hemos padecido de un corte en nuestras carnes, a consecuencia de las hélices, y hasta él también sufrió, al menos que yo recuerde, una buena herida, consecuencia de lo mismo.
Como sabemos, era alguien que habitualmente no fumaba ni tomaba alcohol. Siempre agua. Lo que sí le encantaba era comer, participando de nuestros asaderos con buen apetito.
Pero en todas partes guisan o cuecen habas. Con ello quiero decir que en todas partes hay gente que disfruta algunas veces haciendo mataperrerías. Pues bien, un tiempo antes de su óbito, Germán, Norberto y yo decidimos que nuestro amigo tomara alcohol y observar su comportamiento después de la bebida. Fue con motivo de un asadero que hicimos en el campo de vuelo, donde había sardinas, chuletas, chorizos, etc. Elegimos para él unas sardinas con bastante sal. Lo mismo hicimos con la carne. Pero ambas cosas las mojamos, como Dios manda, en ron. Su paladar no captó bien el alcohol, debido a la tanta sal. A los pocos minutos le tambaleaban las piernas al moverse. Finalmente, terminó tumbado por la media borrachera que alcanzó, sin enterarse de que había tomado alcohol.
Esta mataperrería se la contamos sólo a muy pocos amigos de los que allí estaban. Entre otros, a Domingo Navarro, quien, al retirarse para su casa, miró al tumbado y le dijo
— ¡Échate la arrancadilla!
Después de contar esta anécdota, que permaneció siempre en el silencio, quiero pedir disculpas a la familia, en mi nombre y en el de Germán y Norberto.
Hoy nos llegan, como ya dije antes, rasgos de tristeza por la pérdida de nuestro amigo. Pero también una gran alegría porque estamos seguros de que él se hallará sentado a la derecha del Señor, allá en las alturas, sobre todo porque, además de ser un honesto poblador de este planeta, murió virgen.
Levantemos la copa y cantemos todos un hermoso y cálido réquiem in memoriam de nuestro querido, fraterno y entrañable amigo, que dice así:
¡Tao, Tao, Tao!
¡Tao, Taito, Tao, eh!
¡Eh, eh, eh!
¡Tao, Taito, Tao, eh!
Oscar Gutiérrez Ojeda, 15 DIC 07
NOTA POST SCRIPT.- Para quien no lo sepa, este discursito lo leyó el autor durante la cena navideña del Club de Aeromodelismo R/C Gran Canaria. Y para quien tampoco lo sepa, Tao era el perro del avionero Manolo Bermejo. Según oíamos a su dueño, el pobre Tao no tuvo nunca ocasión de subirse encima de una perrita. Al terminar la lectura, Pinito, la mujer de Manolo, lloró como una tora, recordando a su Taito. Otra cosa: Mientras se leía este “epitafio”, las mujeres de los avioneros les preguntaban a éstos que quién se había muerto. Los avioneros no sabían qué contestar. Luego, cuando se oyó el canto del réquiem, el personal estuvo riéndose sin parar lo mucho y lo bueno.
lunes, 17 de diciembre de 2007
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